Por Edith Roque
La verdadera medida de una universidad no se encuentra en sus rankings académicos, sino en su capacidad para transformar el conocimiento en bienestar. México avanza lentamente en ese camino. Producimos investigación, pero no innovación; generamos ideas, pero no siempre logramos convertirlas en propiedad intelectual útil para la sociedad.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), México genera menos del 1 % de las solicitudes globales de patente, y el 90 % de sus registros proviene de extranjeros. Esto significa que nuestro país continúa siendo usuario, más que creador, de tecnología. En este contexto, las universidades deberían ser los motores de la transferencia tecnológica nacional; sin embargo, operan en un ecosistema fragmentado, con regulaciones incompletas y estructuras institucionales desiguales.
La Universidad Nacional Autónoma de México es, sin duda, la institución líder del país en materia de patentamiento. En los últimos cinco años ha obtenido 243 patentes y, tan solo en el último año y medio, 73 títulos otorgados por el IMPI, cifra que la coloca muy por encima de cualquier otra universidad mexicana. Su Dirección de Transferencia Tecnológica y su Coordinación de Innovación y Desarrollo son hoy el modelo más consolidado de gestión universitaria de propiedad intelectual.
Pero incluso la UNAM enfrenta los límites del sistema. Las cifras, aunque notables, son pequeñas frente a los estándares internacionales: el Massachusetts Institute of Technology (MIT) o la Universidad de Stanford registran miles de patentes activas, en buena parte debido a su vinculación directa con la industria, sus fondos de capital de riesgo y su cultura institucional orientada a la innovación.
El principal obstáculo no es la falta de talento, sino la ausencia de un sistema articulado de transferencia tecnológica. Las universidades mexicanas operan, en su mayoría, bajo esquemas burocráticos que desalientan el patentamiento. Un investigador puede tardar años en registrar su invención, y, en muchos casos, ni siquiera sabe si la titularidad de la patente le corresponde a él o a la institución.
La OMPI advierte que un país que no protege ni comercializa su conocimiento termina importando innovación a un costo exponencial. La dependencia tecnológica se convierte, a la larga, en una forma de desigualdad.
Para que las universidades mexicanas sean líderes globales en transferencia tecnológica, se requiere una estrategia nacional que combine reforma jurídica, inversión sostenida y cultura institucional.
- Autonomía funcional y financiamiento estable, las Oficinas de Transferencia de Tecnología (OTT) deben contar con equipos especializados en valuación, licenciamiento y gestión internacional de patentes. Hoy, la mayoría sobrevive con recursos mínimos.
- Políticas claras de participación académica, es indispensable reconocer la figura del académico-emprendedor, que pueda participar en spin-offs sin violar su estatuto laboral.
- Criterios de mérito diferenciados, un sistema de evaluación que premie la transferencia tecnológica con el mismo rigor que la publicación científica.
- Internacionalización de la PI, México debe impulsar el uso sistemático del Tratado de Cooperación en materia de Patentes (PCT) para proteger invenciones en mercados globales.
El Tecnológico de Monterrey ha demostrado que una gestión ágil y alianzas con capital privado pueden acelerar la comercialización de invenciones. Sin embargo, la verdadera transformación ocurrirá cuando las universidades públicas logren convertir sus hallazgos en soluciones tangibles.
La Universidad de Guadalajara, con su creciente número de solicitudes y su papel en el ecosistema de innovación de Jalisco, podría ser el siguiente referente si consolida su modelo de spin-offs y reglamentos de participación académica.
El desafío, en última instancia, es filosófico y político: comprender que la ciencia pública no se devalúa cuando se transfiere, sino cuando se desperdicia.
La creatividad universitaria mexicana tiene el potencial de competir con los grandes centros globales. Pero para lograrlo necesita instituciones que no teman al mercado, normas que incentiven la invención y un Estado que entienda que la propiedad intelectual no es un lujo, sino una forma de soberanía.
La innovación no ocurre por decreto. Se construye con reglas, recursos y convicción, y, sobre todo, con la certeza de que el conocimiento público debe regresar, transformado, al bien público.
