Por: Annia García, titular de la Secretaría de la Mujer del PAN Jalisco
Durante décadas, la lucha por los
derechos de las mujeres ha sido encasillada en narrativas de confrontación que, a menudo, olvidan la esencia misma de nuestra causa: la dignidad humana.
Hoy, frente a un panorama social fragmentado, es urgente reivindicar un feminismo humanista. Uno que no necesite destruir para construir y que encuentre su máxima en los valores que nos dan identidad: el respeto a la dignidad de la persona, la solidaridad y el bien común.
El feminismo del que hablo es una extensión natural del humanismo político. Es decir si creemos que cada individuo es único e irrepetible, entonces la brecha salarial, la violencia obstétrica y la falta de oportunidades para las jefas de familia no son solo «temas de agenda», son ofensas directas contra el orden social que aspiramos proteger.
A diferencia de las visiones que plantean una guerra de sexos, el feminismo humanista entiende que la sociedad se construye en equipo. No buscamos desplazar a nadie, sino ocupar el lugar que por derecho nos corresponde en la vida pública, económica y política.
Para Acción Nacional, la familia es la célula básica de la sociedad. Desde esta visión, la maternidad y el cuidado del hogar no se ven como una carga, sino como una función social de enorme valor que merece reconocimiento y protección.
En lo personal, soy madre y también una mujer que aprende todos los días a equilibrar las distintas dimensiones de su vida. Como muchas mujeres, procuro mantener un orden entre lo que me apasiona hacer y mi papel como mamá, sin tener que elegir entre uno u otro.
El reto está en que esa responsabilidad sea compartida y en que existan políticas públicas —como estancias infantiles y esquemas laborales más flexibles— que permitan a las mujeres desarrollarse plenamente. La verdadera libertad es que cada mujer pueda construir su propio proyecto de vida sin que la maternidad, el trabajo o la participación pública se excluyan entre sí.
No podemos hablar de dignidad si permitimos que siete de cada diez mujeres sufran violencia. El enfoque humanista exige justicia pronta y expedita, pero también una educación basada en valores que erradiquen el machismo desde la raíz, en el seno del hogar y las aulas.
«No se trata de pedir permiso para ser iguales, sino de reconocer que, en nuestra diferencia, compartimos una dignidad idéntica que el Estado y la sociedad están obligados a garantizar”.
En el marco del 8M, Día Internacional de la Mujer, esta convicción toma una fuerza especial. Lejos de ver esta fecha como una trinchera para la división, el 8 de marzo debe ser una jornada de reflexión que nos recuerde que las deudas históricas con las mujeres se resuelven sumando voluntades. Es el momento ideal para alzar la voz por la justicia, pero haciendo partícipe a toda la familia y a la sociedad entera como aliados fundamentales de nuestra causa.
